Querido Miguel, compañero de lucha, soñador incansable, valiente, humilde y verdadero líder: aunque el mal que hoy nos gobierna apagó tu vida en este plano terrenal, tu luz y tu legado brillarán eternamente.
Querido Miguel,
Empiezo estas palabras con vergüenza y una profunda tristeza: en Colombia, nuestra amada pero tan desangrada patria, fracasamos como sociedad. Siempre he intentado ver lo mejor en las personas y en las situaciones, aferrándome a un optimismo casi obstinado, pero tu partida se ha llevado una esencia de mi ser.
Hace poco más de dos meses, aquel fatídico siete de junio en el que un atentado comenzó a apagar tu vida, algo en mí también empezó a extinguirse. Se apagaron las ganas de creer que las personas buenas —como tú, y como quiero pensar que soy yo— puedan seguir sacrificando su tiempo, su familia, sus esfuerzos y en general su vida, para ejercer un liderazgo genuino en Colombia. Esa esperanza me fue arrebatada de ese rincón del corazón donde se guardan los sueños, en especial los que imaginan un país distinto, y te confieso que no sé si deseo que regresen.
Aunque estas líneas son para ti, para honrar tu lucha incansable, tu ejemplo intachable y tu final doloroso, no puedo evitar confesar que tu asesinato nos deja a muchos con la tentación de alejarnos de cualquier escenario de poder en Colombia, por temor a correr con tu misma suerte. Ese círculo fratricida que impregna nuestra cultura —y que nos llena de impotencia y miedo— ya nos había arrebatado a tu madre Diana Turbay. Ahora, nos priva de tu juventud, tu disciplina y tus conocimientos.
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Pese a tantos esfuerzos por soñar con una Colombia segura, desarrollada y en paz —una paz sin concesiones al crimen—, la violencia sigue expandiéndose en un país gobernado por el delito, el terrorismo, la injusticia, la vagancia, el vicio, el desorden y la mediocridad. Temía que con la elección de este gobierno socialista, encabezado por Gustavo Petro y sus aliados, llegarían días oscuros para la democracia, pero esa oscuridad alcanzó su punto más doloroso con tu asesinato.
Las campañas de ataques, perfilamientos y señalamientos orquestadas desde las más altas esferas del poder —y ejecutadas por una jauría digital pagada con los impuestos de todos los colombianos— desembocaron en tu homicidio. Poco menos de 360 días le restan a este gobierno, y la democracia colombiana ya reza e implora que termine esta horrible noche.
Querido Miguel, compañero de lucha, soñador incansable, valiente, humilde y verdadero líder: aunque el mal que hoy gobierna a Colombia apagó tu vida en este plano terrenal, tu luz y tu legado brillarán eternamente. En los libros de historia quedará registrado que la guerra truncó los sueños de aquel niño que, siendo tan joven, tuvo que enterrar a su madre asesinada por Pablo Escobar. También se contará que, durante el gobierno de Gustavo Petro, la oposición democrática fue perseguida, ridiculizada y aniquilada.
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Pero, pese a las páginas negras, tu nombre estará en el capítulo donde Colombia retome los valores democráticos. Esa lucha que emprendiste, al costo de tu vida, debe impulsarnos a impedir que quienes hoy conducen el país vuelvan a gobernarlo.
Miguel, no le debes nada a tu país. Él te arrebató a tu madre y terminó con tu vida. Sin embargo, antes de descansar de nosotros, te pido que tu luz eterna nos guíe. Que encienda el corazón de millones de colombianos a quienes tu asesinato nos arrebató sueños y esperanzas, y que mantenga vivo el llamado a recuperar la esencia sana, justa, libre y segura que nunca debimos perder desde aquel grito de independencia del 20 de julio de 1819.
La terrible noche que comenzó el 7 de agosto de 2022, cuando Gustavo Petro asumió la Presidencia, debe terminar. Y será tu legado, tu memoria y tu sacrificio los que nos conduzcan, de nuevo, hacia el camino de la libertad y la democracia.
Descansa en paz.